Otto Pacheco, un tatuador de 24 años residente en Cartagena, ha logrado establecerse en el sector del arte corporal tras un proceso de formación marcado por la precariedad económica. Su trayectoria comenzó en el barrio Henequén, donde desde los siete años realizó labores de reciclaje para contribuir al sustento familiar. Pacheco señala que su disciplina se forjó tanto en el ámbito laboral como en el deportivo, tras su paso por el boxeo en el coliseo Bernardo Caraballo.

El interés de Pacheco por el dibujo fue respaldado por un docente de Bellas Artes, quien facilitó su acceso a la formación académica cuando los recursos escaseaban. Ante la imposibilidad inicial de adquirir equipos profesionales, el joven optó por fabricar herramientas artesanales mientras trabajaba simultáneamente en la venta de frutas en zonas turísticas de la ciudad. Este periodo, según describe, estuvo condicionado por la necesidad de equilibrar la supervivencia diaria con su aspiración profesional.

La consolidación de su proyecto ocurrió a los 21 años, cuando logró abrir su primer estudio. Pacheco atribuye parte de este avance al uso estratégico de las redes sociales, gestionadas inicialmente por su pareja, lo cual permitió visibilizar su portafolio y captar una base de clientes estable. Actualmente, el artista ha logrado recuperar el patrimonio familiar de su abuela y expandir su actividad económica, transformando una ocupación inicialmente informal en un negocio sostenible.

El relato de Pacheco pone de relieve las barreras de acceso a la profesionalización artística en contextos de vulnerabilidad social, donde el emprendimiento depende de una red de apoyo informal y de la capacidad de reinversión de ingresos mínimos. Su caso ilustra las dificultades estructurales que enfrentan jóvenes de sectores periféricos para acceder al mercado creativo en una ciudad marcada por la desigualdad económica.

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