En el Caribe colombiano, la atención a animales en situación de vulnerabilidad depende de una red compuesta por fundaciones, colectivos ciudadanos y autoridades ambientales. Estas organizaciones han diversificado sus funciones, que van desde la asistencia veterinaria directa hasta la rehabilitación de especies silvestres víctimas del tráfico ilegal o el cautiverio.
En Barranquilla, organizaciones como Pet Lovers han optado por la movilización comunitaria para gestionar adopciones y jornadas de salud. Según Lilibeth Noriega, CEO de la entidad, su enfoque se centra en "convertir ese amor por las mascotas en acciones concretas" que mitiguen problemáticas urbanas. Por su parte, la Fundación Mascoty extiende su radio de acción al rescate de animales de granja, como caballos y cerdos, además de perros y gatos, enfatizando la esterilización como herramienta para reducir la población en situación de calle.
La gestión pública complementa estas iniciativas a través del Centro de Bienestar Animal (CBA) de Barranquilla, que prioriza la atención de equinos maltratados y animales domésticos pertenecientes a hogares de estratos 1, 2 y 3. El alcance de estas labores llega también a la fauna silvestre, donde entidades como Barranquilla Verde y Corpoguajira han coordinado la liberación de aves recuperadas, mientras que en el Magdalena, la autoridad ambiental CORPAMAG ha liderado procesos de rehabilitación de tortugas marinas y manatíes.
Aunque las intervenciones han permitido la recuperación de decenas de ejemplares, persiste el desafío de integrar estas acciones en una política regional coherente. El éxito de la protección animal en la zona depende actualmente de la articulación entre el voluntariado, que carece de infraestructura propia, y las instituciones estatales, que enfrentan una demanda creciente de atención en entornos urbanos y rurales.
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