La política global atraviesa una fase caracterizada por el uso de la provocación y el espectáculo, desplazando los límites institucionales. Mientras figuras públicas desafían el orden jurídico y los derechos humanos bajo retóricas radicales, el arte ha experimentado un giro opuesto: ha abandonado su histórica vocación de transgresión para adoptar un rol de guardián moral de causas sociales.

En su ensayo El rugido de nuestro tiempo (2025), Carlos Granés argumenta que este intercambio de papeles genera consecuencias sociales graves. El arte contemporáneo, al priorizar la representación de identidades y la denuncia de desigualdades para acceder a becas o premios, ha perdido su capacidad de riesgo estético, convirtiéndose en una herramienta de sermón social.

Esta tendencia ha sido criticada por figuras como la dramaturga Angélica Liddell, quien reclama la necesidad de artistas que vivan en desajuste con la sociedad en lugar de aquellos que se asumen como portadores de una misión ética. El arte, al volverse predecible y moralista, pierde su esencia provocadora, mientras que la política, al adoptar el show como método, trasciende el plano simbólico.

La distinción es fundamental: cuando un artista transgrede, las consecuencias suelen limitarse al ámbito de los símbolos. Sin embargo, cuando un gobernante utiliza la polarización y el desprecio por las instituciones como estrategia, el impacto se traduce en víctimas reales. La política actual parece haber monopolizado la irresponsabilidad, transformando la convivencia en un escenario de riesgo constante.

Respuestas de la comunidad

Todavía nadie ha respondido con un artículo propio.

Inicia sesión para responder con tu propio artículo.