Los sismos de gran magnitud desencadenan respuestas automáticas en el sistema nervioso. Durante el evento, el cuerpo libera adrenalina y cortisol, preparando al organismo para la huida o la defensa. Esta descarga fisiológica suele manifestarse mediante temblores, taquicardia y una hiperalerta persistente incluso cuando el movimiento cesa.
En los días posteriores, es frecuente observar alteraciones en el ciclo del sueño, dificultades para mantener la concentración y episodios de angustia. Estas reacciones no siempre indican un trastorno crónico, sino que representan la forma en que el cerebro procesa un evento que rompió la sensación de seguridad cotidiana.
El acompañamiento emocional requiere validar estas emociones sin forzar a la persona a hablar de su experiencia si no está lista. Escuchar con paciencia y mantener rutinas básicas ayuda a estabilizar el sistema nervioso. Si el malestar impide retomar las actividades diarias tras varias semanas, se recomienda la consulta con profesionales de salud mental.
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